A las once de la mañana... gracias.



Por el medio día de mi vida, o a eso de las once de la mañana.

Mi fragilidad, lo prejuiciosa que soy de las personas, lo deplorable de quien soy. Con todo y sin importarlo, a las once de la mañana de mi vida, otra vez está el agradecimiento.

Agradecimiento por otra vez recordar que en la confianza de los cuidados atentos y no esperados de Dios hacia mi, se pone de manifiesto que mi preocupación no ayuda a nada, que además de quitarle el lugar a Él, yo no lo hago nada de bien. Gracias por estar cada vez más sana de la espalda. Gracias por experimentar la dulzura de tus palabras (en Tu Palabra) cuando es agria la vida (uno sabe que es dulce con tan solo probarlo, pero si antes tuviste que probar lo amargo, lo sientes aún más dulce).

Gracias porque esto que me has dado y sin yo hacer méritos, ni posiciones para orar, ni momentos específicos para, ni en un estado mental equis. No. Sólo eres Tú.

Me quedan grandes las palabras, pero es lo único que te puedo decir en agradecimiento, en respuesta a Ti... te amo.

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